A Pedro de Ulises (spf)

¡Qué grave postura!, torcida y chapucera, y su color… de rojez sanguinosa como
hígados de vacas sacrificadas.

¡Que grave postura el silencio!, ¡ese lo tengo leído!.

El ardor se derrama sobre la carne, como ropas arrugadas.

Una reserva que estruja y aprieta el excremento sulfuroso de los leones.

El ‘Tan’ de la campana de la última vuelta antes del sprint, grave postura,
y valiente indumentaria.
‘Tan’, ‘Talán’, la campana, la gente mirando, los ojos en blanco del corredor,
su boca fruncida como un ceño pensativo y exhausto.
Las mangueras que iban a apagar el incendio reventaron, y todo el mundo
tuvo una revelación, gracias a las gotas de ginebra que se estaban tomando.

Combustión espontánea, dentro y fuera del edificio, del barco, del naufragio.
Lindo poema, y su interpretación magistral.
El viejo filósofo con un trapo de gamuza pulía de nuevo su gema, pero la

hizo a un lado, y en su lugar usó las barbas de Moisés aunque estaban un poco

herrumbrosas. Las había sacado de un viejo bolso de matrona.
Los altos sombreros de copas siguen batiéndose en el ring acordelado, los

pesos pesados con ceñidas calzonas ofrendan cortésmente el uno al otro sus

bulbosos puños. Pero a mí ya no me interesa.
Miseria y mordeduras de la conciencia por todo el cuerpo, es una máxima,
una metáfora de como el hilo se enhebraba allá en el barrio, al lado del
tenderete.

La mano, en forma de cuchara del anticuario, merodea fuera de la casa, miseria,
miseria, miseria, y verde muerte salada a un lado y otro del muelle,
donde descansa la esperanza.
¿Trasquilamos o no la lana?
_ Hola, Simón, dijo el Padre, ¿Qué tal van las cosas?
© Copyright Sergio Pita Freire.

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