Sus ropas están hechas con hierbas y hojas.

Dicen que hay un monje en las montañas T’ai-pei, que flota como el perfume, a trescientos pies bajo el cielo. La gente del pueblo no lo conoce, miran en vano al fundente cielo azul.

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CUANDO UNO NO DICE NI UNA PALABRA SE PRACTICA EL PRECEPTO DE NO MENTIR.

Méritos suficientes para iniciar el viaje, el impulso de hacerlo, el surgir de la idea de quiero hacerlo, me veo haciéndolo, la visión, y la determinación, la fuerza necesaria para hacerlo, la práctica continuada, en pos de la culminación. La visión es importante para el ser humano, un ser humano sin visión es una máquina biológica guiada simplemente por impulsos deterministas. La visión no es una visión visual, es conectar con un propósito, el propósito de la existencia con uno mismo, qué espera la vida de mí. Es la visión la que da sentido a la existencia, es la que estructura el sentido. Cuando uno no dice ni una palabra se practica el precepto de no mentir. ¿Y cuándo uno se siente abocado a hablar?, a decir. La verdadera realidad tal y como es no puede ser expresada por el lenguaje. Voy a despertarme en el silencio, pero todavía podré decir algo más, es el que ni habla ni escucha, el que carece de alma y de cuerpo, lo que tiene es otra cosa, debe de tener algo, debe de estar en algún sitio, está hecho de silencio. El silencio, es a él al que hay que buscar, se ha de ser él, se ha de hablar de él, pero él no puede hablar, luego yo podría detenerme, sería él, sería el silencio, estaría en el silencio, estaríamos juntos, su historia es la que hay que contar, pero no tiene historia, no estuvo en la historia, lo que no es seguro, está en la historia que le pertenece, inimaginable, indecible, no importa, es menester, en mis viejas historias llegadas de no sé dónde, intentar descubrir la suya, que ha de estar, que debió de ser la mía, antes de ser la suya, yo la reconocería, acabaré por reconocerla, la historia del silencio que nunca abandonó, que no debía haber abandonado nunca, que acaso no vuelva a encontrar nunca, que tal vez volveré a hallar, entonces será él, seré yo, será el lugar, el silencio, el fin, el principio, la vuelta a empezar, ¿cómo decirlo?, son palabras, es lo único que tengo, y aun así, van escaseando, la voz se altera, está bien, conozco eso, debo conocerlo, será el silencio, a falta de palabras, lleno de murmullos, de gritos lejanos, el previsto, el de la escucha, el de la espera, la espera de la voz, los gritos se calman, como todos los gritos, lo que quiere decir que se callan, los murmullos cesan, abandonan, la voz vuelve, vuelve a intentar, no hay que esperanza de que se callen. ¿cómo es?, ¿dónde está la puerta?, si es que hay una puerta, ¿y dónde estoy yo?

Será el silencio, tal vez sea una caída, encontrar la puerta, abrir la puerta, caer, en el silencio, no seré yo, yo permaneceré aquí, o allí, mejor allí, no seré nunca yo, todo eso se hizo ya, está dicho y redicho, la partida, el cuerpo que se levanta, el camino, en colores, la llegada, la puerta que se abre, se cierra, eso nunca fui yo, no me he movido, escuché, debí de hablar, ¿a qué empeñarse en que no?, después de todo, nada quiero, digo lo que oigo, oigo lo que digo, no sé, lo uno o lo otro, o los dos. yo completamente a solas, y volver aquí, y volver a empezar, no, seguir, es un circuito, un largo circuito, lo conozco bien, debo conocerlo, no es verdad, no puedo moverme, no me he movido, emito la voz, oigo una voz, no hay más que aquí, no hay dos lugares, no hay dos prisiones, es mi locutorio, es un locutorio, no aguardo nada en él, no sé dónde está, no sé cómo es, no tengo por qué ocuparme de él, ignoro si es grande, o si es pequeño, o si está cerrado, o si está abierto, eso es, se reitera, permite seguir, ¿abierto a qué?, no hay más que él, abierto al vacío, abierto a la nada, lo admito, son palabras, abierto al silencio, dando al silencio, al mismo nivel, ¿por qué no?, durante todo este tiempo, al borde del silencio, lo sabía, sobre una roca, ligado a una roca, en medio del silencio, su gran marejada se eleva hacia mí, estoy inundado de ella, es una imagen, son palabras, es un cuerpo, no soy yo, sabía que no sería yo, no estoy fuera, estoy dentro, en algo, estoy encerrado, el silencio está fuera, fuera, dentro, no hay más que aquí, y el silencio fuera, nada más que esta voz, y el silencio en torno, no hacen falta paredes…

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De forma circular 03

3

Un hombre se preguntaría dónde acaba su reino, su ojo se esforzaría en sondear las tinieblas, ese gris en cualquier caso no debe añadir gran cosa a su esfuerzo, mientras cuenta los minutos, esperando que su grito vuelva, sufre como sufrió siempre, poco a poco, o rápidamente, o de golpe. Pero las situaciones imposibles no pueden prolongarse, indebidamente, como es sabido, porque o bien se disipan o se comprueba que eran posibles después de todo.

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Y he aquí que me estoy deslizando ya, antes de haber llegado al último extremo, hacia el recurso de la fábula. Y he aquí que se me escapa de nuevo. Pero qué silencio, amigos míos, pues también yo tengo amigos en algún lugar, lo noto por momentos, en este momento, qué silencio, mis pobres amigos. Y en verdad no todo consiste en guardar silencio. Yo oí. Tanto como hablar, tanto como hacer. Qué libertad. Presté oídos a lo que debía ser mi voz siempre, tan débil, tan lejana, que era como el mar, como la tierra, un lejano mar en calma, moribundo…

Él es quien me contaba historias acerca de mí, vivía para mí, salía de mí, volvía a mí, penetraba en mí abrumándome con historias. No sé cómo ocurría esto. Siempre me gustó no saber. Es su voz la que a menudo, siempre, se ha mezclado con la mía, hasta el punto de cubrirla a veces por entero, hasta el día en que me abandonó por las buenas, o en que ya no quiso abandonarme, no sé. Pero su voz seguía dando fe de él, como tejida con la mía, impidiéndome decir quién era yo, lo que yo era, a fin de poder callarme, de no oír más. Y todavía, hoy, para seguir hablando como él, aunque ya no me turba, su voz está aquí, en la mía, pero menos menos. Al propio tiempo, no me lo oculto, él puede volver o puede marcharse de nuevo y en seguida volver. Entonces habría que volver a empezarlo todo. Pero no sería ya mi voz, ni siquiera en parte. Así es como eso ocurriría. O bien la historia empezaría muy suavemente, de modo insensible, como si de nada se tratase, como si se tratase siempre de mí.

No me importa nada fracasar, me gusta, sólo que quisiera callarme. No como acabo de hacerlo, para escuchar mejor. Sino apaciblemente, como vencedor, sin reservas mentales. Eso sería la buena vida, la vida al fin. He aquí, al fin, que doy una idea de mi situación. Palabras no llegadas nunca. Con la boca cerrada y la lengua inerte, lejos de todo estorbo y de todo ruido, con la conciencia tranquila, esto es, vacía. Pero esto no me hace adelantar gran cosa.

Curiosa idea, por otra parte, y muy sujeta a caución, esa de una tarea que cumplir antes de poder estar tranquilo. Curiosa tarea la de tener que hablar de uno mismo. Extraña esperanza, vuelta hacia el silencio y la paz. No teniendo más que mi voz, que la voz, puede parecer natural, una vez asimilada la idea de obligación, que vea en ella una cosa cualquiera que decir. Pero supongamos primero, la cuestión es avanzar, después supondremos otra cosa, la cuestión es avanzar un poco más, supongamos que se trata de otra cosa que decir, ausente de cuanto dije hasta ahora.

Pues lo que hago no se hace enteramente sin espíritu. Que no sea el mío, perfectamente de acuerdo, en ello estoy, pero puedo hacerlo, en fin de ello me doy aires. Rica materia, para ser explotada, nutritiva, ah sí, para ser sorbida hasta la médula, endiabladamente propulsora, apasionante por demás, me estremezco de ello, palabra, me estremezco y paso, tengo tiempo, ya olvido, ah sí, eso de que acaba de ser cuestión, al instante, una cosa importante, se fue, volverá, sin pesadumbres, nueva flamante, una desconocida, cuando yo estaría mejor dispuesto, esperemos que así sea, para los rompecabezas de primera hilaza.

Pero no he pensado nunca en tratar esta historia un poco a fondo, con ardor tan inútil como por ejemplo la del sometido, que esperaba fuese la mía, próxima a la mía, camino de la mía. Y si ahora pienso en ella, es que desespero de llegar a la mía. Un instante de desaliento, para aprovecharlo.

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Todos los días, allá arriba, en los días, varias veces al día, desde la hora convenida hasta la hora convenida, con todo convenido salvo lo que conviene hacer conmigo, se reúnen, acerca de mí. Quizás esto me hiciera bien. No veo cómo. Tal vez podría callarme, definitivamente. No, todo esto no es serio, soy libre, abandonado. He aquí lo que de nuevo lo echa a perder todo.

Toda esta historia de tarea que cumplir, para poder pararme, de frases que decir, de verdad que hallar, para poder decirla, para poder pararme, de tarea impuesta, rezuma, descuidada, olvidada, por hallar, por satisfacer, para no tener que hablar más ni oír más, la he inventado yo con la esperanza de consolarme, de ayudarme a proseguir, de creerme en algún sitio, moviéndome, entre un principio y un fin, tan pronto avanzando como retrocediendo, o desviándome, pero en fin de cuentas ganando siempre terreno.

Nada tengo que hacer, es decir, nada de particular. Tengo que hablar, esto es vago. Tengo que hablar, no teniendo nada que decir, sino las palabras de los otros. Tengo que hablar, no sabiendo ni queriendo hablar. Nadie me obliga a ello, no hay nadie, es un accidente, un hecho. Nada podrá dispensarme nunca de ello, no hay nada, nada que descubrir, nada que disminuya lo que por decir queda, tengo la mar por beber, por consiguiente hay un mar. Así pues no importa lo que sea. No hay nada que hacer, estoy dulcemente bien informado. Probablemente me metí en una especie de espiral invertida, quiero decir una espiral cuyos anillos, en vez de ir ampliándose, se fueran reduciendo, hasta ya no poder continuarse, visto el espacio de especie en el que se consideró que debía hallarme.

En aquel momento, ante la imposibilidad material de ir más lejos, sin duda debía estar obligado a detenerme, libre en rigor para en seguida reanudar la marcha en sentido inverso, o mucho después, desatornillándome en cierto modo, después de haberme atornillado bien. Lo que habría constituido una experiencia de gran interés y novedad, si es cierto, como me he dejado decir, no pudiendo hacer otra cosa, que hasta el camino más desvaído tiene muy otro aspecto, muy otro desvaído, al volver que al ir, y viceversa. Es inútil desviarse, sé un montón de cosas.

Pero, ¿dónde está, en fin de cuentas, la dificultad? Juraría que había una en aquel momento. Pero incluso sin obstáculos, pasado el ecuador me parece que se debería volver a girar hacia dentro, por la fuerza de las cosas, sin dejar de proseguir el camino, ésta es la idea que tengo.

A medida que yo giraba por el exterior, ellos giraban por el interior, descontada la diferencia de curvatura. Durante la noche, por turno, me observaban con ayuda de un proyector. Así giraban las estaciones. Desde que estaba allí tenían un tema de conversación, y hasta de discusión, el mismo que antes, cuando me fui, incluso tal vez un interés en la vida, el mismo que antes. El tiempo les parecía más corto.

Incomodado por sus aullidos, primero, después por el hedor de putrefacción, retrocedí en mi camino. Pero no anticipemos, si no nunca llegaríamos. Por otra parte, ya no soy yo. Y los propios narradores, bruscamente arrancados de sus tristes pensamientos, no podían contenerse de sonreír. La cosa era concluyente, toda vez que me había movido. Toda vez que me acercaba, dado que no permanecía quieto, no había por qué inquietarse. Estaba lanzado, no había motivo para que de pronto me pusiera a alejarme, no era mi estilo. Estaba entregado por entero  a mi asunto, sin preocuparme de saber en qué precisamente, y hasta aproximadamente, ese asunto consistía. Para mí se trataba de mantenerme, no pudiendo hacer otra cosa, en el movimiento que se me había impuesto, en la medida de mis medios declinantes. Esta obligación y la casi imposibilidad en que me hallaba de cumplirla, acaparándome de modo mecánico, con exclusión especialmente del libre ejercicio de la inteligencia y la sensibilidad, me hacían parecer una vieja caballería de carga o de tiro que ni siquiera piensa ya en el establo y cuyos instintos y capacidad de observación no se encuentran ya en condiciones de indicarle si se acerca o se aleja de él. Entre otras cuestiones, la de saber cómo son posibles tales estados de cosas hacía tiempo que había dejado de preocuparme.

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Estaba obligado a esforzarme para llegar. Un objetivo deseable, aunque nunca tuve tiempo de reflexionar sobre ello. Ir hacia adelante, llamo a eso hacia adelante, siempre he ido hacia adelante, si no en línea recta, al menos según la figura que se me había asignado. En mi vida no ha habido sitio para nada más. No me he parado nunca. Las paradas que hice no cuentan pues eran para poder seguir. No las utilizaba para meditar acerca de mi situación, sino para frotarme lo mejor que podía con bálsamo tranquilo.

En fin, de pie o por el suelo, prodigándome los cuidados indispensables, esperando que el dolor disminuyera, acechando el instante de poderme poner otra vez en movimiento, me detenía, si se quiere, pero no como se imaginaban ellos. Decididamente voy a prestarme un poco todavía a esta historia, pues no es imposible que haya algo de verdad dentro de todo eso. Voy a explicar por qué, lo que me permitirá pensar en otra cosa y ante todo en el medio de alcanzarme, allí donde me espero, aunque apenas tenga ganas, pero es mi única oportunidad, así lo creo al menos, mi única oportunidad de callarme, de al fin hablar un poco sin mentir, si es eso lo que ellos quieren, para no tener que hablar más. Habiendo partido de aquel sitio, lo normal era que regresara a él, dada la exactitud de mis pasos. Mentiras, mentiras, no tenía que conocer, ni juzgar, ni maldecir, sino ir. A decir verdad, seamos francos al menos, hace ya un buen rato que no sé lo que digo. Cuando se tiene el pensamiento en alguna parte, todo está permitido. Prosigamos, pues, sin temor, como si no hubiera sido nada. Y veamos un poco cómo ocurrieron las cosas realmente. Pues al hacerme retroceder y regresar en la otra dirección, sin haber agotado las posibilidades de la que emprendí, ni por un instante pensaba en un desfallecimiento moral cualquiera de mi parte, como ha podido parecer que quise insinuar, sino únicamente en una sacudida física, seguida de un desagrado del mismo orden.

Restablecida esta versión de los acontecimientos, ya sólo me queda por advertir que no cuesta más que la otra y que igualmente ignora a la criatura que en rigor yo hubiera podido ser acaso, si hubieran sabido tomarme. Veamos ahora cómo ocurrieron las cosas en realidad. Concluí mis rotaciones, pisoteando los desfigurados restos míos, a éste rostro. Mil veces me dijeron, explicaron y describieron cómo fue todo eso, para qué sirve, los unos tras los otros, con unanimidad perfecta, con las más diversas frases, hasta que tuve aspecto de hallarme verdaderamente al corriente. ¿Quién diría, al oírme, que nunca vi nada, que nada oí sino sus voces? Los hombres, también, ¿qué pudieron sermonearme sobre los hombres, antes incluso de querer asimilarme a ellos? Todo eso de que hablo, con lo que hablo, lo sé por ellos. Por más que quiera, pero que de nada sirve, eso no se acaba. Ah, me compusieron bien, pero no me han logrado, no del todo, todavía no. Que deponga por ellos, hasta que me consuma, como si uno pudiera consumirse en ese juego, he ahí lo que quieren que haga. No poder abrir la boca ni proclamarlos, a título de congénere, he aquí a lo que creen haberme reducido. Menuda astucia haberme adaptado un lenguaje del que se imaginan que nunca podré servirme sin reconocerme de su tribu.

En su propio terreno y con sus propias armas los barreré, y con ellos a su títere fracasado. Huellas mías acaso las encuentre en la misma ocasión. Ya está decidido. Pero ¿por qué residuo empezar? Es curioso, ellos dejaron de importunarme desde hace algún tiempo, sí, también ellos me infligieron la noción del tiempo. ¿Qué conclusión sacar de ello, según su método?

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Pero yo, sin moverme, podría vivir allí dentro, y declararme, siendo el único que me oyera. Sus atributos, de los que me cargaron, los arrastré, como en el carnaval, bajo los missiles. A mí me toca ahora hacer el muerto, a mí al que ellos no supieron hacer nacer, y el caparazón de monstruo que tengo a mi alrededor se pudrirá. Pero se trata cabalmente de una cuestión de voz, cualquier otra metáfora es impropia. Me hincharon con su voz, como un globo, y por más que me vacíe sigue siendo a ellos a los que oigo. ¿Quiénes, ellos? ¿Y por qué nada más, desde hace algún tiempo? Puede que me hayan abandonado.

Ah, pero un hilillo de voz de hombre forzado, para murmurar lo que su humanidad sofoca, en la mazmorra, agarrotado, en secreto, en suplicio, un ligero jadeo de condenado a vivir, para balbucear lo que es tener que celebrar el confinamiento, atención. Bah, ellos están tranquilos, estoy emparedado por sus vociferaciones, nadie sabrá nunca lo que soy, nadie me lo oirá decir, aunque lo diga, y no lo diré, no podría, pues no tengo más que el lenguaje de ellos, sí, sí, lo diré quizás, aunque sea en su lenguaje, para mí solo, para no haber vivido en vano, y después para poder callarme, si es eso lo que da derecho al silencio, y nada tan seguro, son ellos los que retienen el silencio, los que deciden del silencio, siempre los mismos, de acuerdo, de acuerdo, y qué, me río del silencio, diré lo que soy, para no haber nacido inútilmente. después diré cualquier cosa, cuanto ellos quieran, con alegría, por toda la eternidad, en fin, con filosofía.

Es inútil negar ni rebatir lo que tan bien sé, una cosa tan fácil de decir y que en el fondo no se reduce sino a seguir hablando todavía y siempre como ellos entienden que hablo, es decir, sobre ellos, aunque sea maldiciéndolos, negándolos. Que ellos existan como se obstinan en querer que yo haga, es posible, no tengo por qué saberlo, carezco de opinión. Imposible salir del paso sin nombrarlos; ellos y sus trucos, eso es lo que hay que considerar.

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Entre tanto veré la continuación que ha de dársele a mi propio asunto, reemprendiéndolo desde donde tuvo que interrumpirlo, a la fuerza, por temor, por falta de habilidad. Será la última vez. Voy a tener aspecto de decidirme de buen grado. Entre tanto veré lo que tengo que hacer, para manifestarme. Ellos no verán nada. Pero empecemos por ver un poco quiénes son, esa pandilla de enfurecidos, que se pretende que Dios me envía para mi bien.

Creí entender que me pasaba la vida dando la vuelta al mundo, en espiral. Nunca tuve fuerzas para mirarla. Cuando llego a la orilla, me vuelvo, hacia el interior. En efecto, del gran viajero que fui, de rodillas en los últimos tiempos, y después arrastrándome y rodando, no queda más que el tronco (en estado lamentable), coronado por la consabida cabeza, que es la parte de mí cuya descripción mejor he captado y retenido. Héme aquí situado y su aptitud para la felicidad, no tienen más que mirarme por segunda vez, los que puedan resolverse a ello, para tranquilizarse en seguida. Pues mi rostro sólo reflejaba la satisfacción del que goza de un reposo merecido. La salsa no ha cambiado. Es ése un lenguaje que comprendo casi, son esas ideas claras y simples en las que me es posible apoyarme, y no pido otro alimento espiritual.

Me satisface imaginar que llegado el momento del fatal desenlace, pagada al fin mi deuda con la naturaleza…, ninguna otra forma de intemperie despierta en ella el instinto maternal, a mi favor,… Lo fastidioso es que esa continuación la he olvidado. ¿Pero es que la supe alguna vez? Me pregunto si mi historia no concluye ahí.

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A decir verdad, ellos se han inclinado siempre a este proceder, deteniéndose bruscamente, a la menor señal de aquiescencia por mi parte, dejándome en suspenso, sin otra fuente de renovación que la vida que me imputaron. Y sólo al ver que no soy capaz de desenvolverme reemprenden el hilo de mis infortunios, juzgándome insuficientemente vitalizado todavía para poder conducirlos a buen puerto yo solo. Pero en vez de hallar el punto justo creí observarlo varias veces, y reemprenderme en el lugar en que me depositaron, me toman lejos de allí, y bajo un aspecto muy diferente, con la esperanza quizá de hacerme presumir que me había encargado del intervalo completamente solo, que había vivido sin ninguna clase de ayudas, durante un buen rato, sin saber cómo ni recordar en qué circunstancias, o que estaba muerto, completamente solo, y vuelto a la tierra, por vía vaginal como un verdadero bebé, y llegado a la edad madura y hasta a la senilidad, sin la menor asistencia por su parte y merced únicamente a las indicaciones que me suministraron. Hacerme endosar una vida de hombre no basta, sin duda, es menester que yo ensaye varias generaciones. Pero esto no es seguro. Cuanto ellos me contaron, sin duda se refiere a una existencia única, pues la confusión de identidades no es más que aparente, debido a mi poca aptitud para llevarlas. Cuando llegue a morir por mis propios medios, entonces se hallarán en mejores condiciones de juzgar si me merezco ilustrar otra época, o rehacer la presente, con más avisado espíritu.

¿Y en cuanto a esa especie de juventud en la que debieron de dejarme por muerto? No estoy en sus pequeños papeles. Sin duda hicieron cuanto estaba en su mano para serme agradables, para sacarme de aquí, con un pretexto cualquiera, en un empleo cualquiera. Lo único que les reprocho es que insistieran. Pues más allá de ellos está quien no me dará por cumplido hasta que ellos no me hayan abandonado, por inutilizable, y me hayan devuelto a mí. Entonces podré, al fin, emplearme en decir dónde estuve y qué fui durante todo ese tiempo perdido. Pero, ¿quién es el que espera eso de mí, si lo adiviné correctamente? ¿Y quiénes son esos otros, de propósitos tan diferentes? Y es hacer el juego plantear estas cuestiones.

¿Es que en la plaza, a menudo de pie todavía y caminando, me interrogaba a mí mismo? Yo disminuía. Disminuyo. Antes, metiendo la cabeza entre los hombros, como reprendido, podía desaparecer. Pronto, al paso con que disminuyo, no tendré ya que darme este trabajo. Error, error, este trabajo y este mal los tendré siempre. Nunca pude soportar la inactividad, en la que se debilitan las fuerzas humanas. Voy a concentrarme de nuevo. Lo principal está hecho. Ellos no pueden hacerlo todo. Te pusieron en el buen camino, te dieron la mano hasta el borde del precipicio, ahora te toca a ti, dando el último paso sin ayudas, mostrarles tu reconocimiento.

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¡El último paso! ¿Con qué? Yo, que nunca supe dar el primero. Pero quizá se darían ellos por contentos si aguardase simplemente a que me impulsara el viento. Es lo que prefiero, va conmigo. Pero son ellos los primeros en impacientarse. Es que no hay viento que aguante, sería menester que el acantilado se desplomase. Aún, si me hallara vivo en el interior, cabría esperar un ataque al corazón, o un buen infarto.

Todo y sabiendo que todo se ha de volver a empezar. Pero acaso exagere la necesidad que tengo de ellos. Me acuso de inercia, y, sin embargo, me muevo, me movía al menos, ¿habré perdido la oportunidad?

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De forma circular 02

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Donde se atropellan las palabras, como hormigas, apresuradas, indiferentes, no trayendo nada, no llevándose nada, demasiado débiles para socavar.

¿Qué sacar en conclusión?

No volveré a decir yo, nunca más lo diré, es demasiado estúpido.

Rugirá en la tierra la tempestad cubriendo momentáneamente la libre expresión de las opiniones, sabrá de donde regresa, que no es el fin del mundo. El ruido se vuelve furia y temor, sin la ayuda de la razón. ¿Por qué la voz humana, en tales condiciones? Dan giros, por sacudidas, lo que hace que la palabra venga siempre del mismo lado. Pero a menudo todos hablan al mismo tiempo, todos dicen al mismo tiempo precisamente lo mismo, pero tan perfectamente conjuntados que se diría que es una sola voz, una sola boca.

¿qué es lo que esperan, haciendo eso, desde que lo hacen?

Adondequiera que se vaya, estando en el centro, irá hacia ellos. Se encuentra, pues, en el centro, he aquí al fin un indicio del más alto interés, poco importa de qué. Ellos miran, para ver si se ha movido. No es más que un montón informe, sin rostro, capaz de reflejar la historia de un tormento. Adondequiera que vaya irá hacia ellos, hacia el estribillo que entonarán, sabiéndolo en marcha. Qué físico es todo esto. Llegado allí, no pudiendo ir más lejos, a causa del obstáculo, y no pudiendo más sin más, y no necesitando ir más lejos, de momento.

Esa mancha minúscula, sola en medio del abismo. Ahí está ahora un abismo. Se habrá intentado todo. Dicen que lo ven, es una mancha lo que ven. Tal vez lo sea.

Ellos no saben ya qué decir, para poder creer, ni qué inventar, para asegurarse, no ven nada, ven algo gris, como humo inmóvil, uniforme, donde podría hallarse, si es necesario que esté en algún sitio, adonde lanzan sus voces, una tras otra, en espera, girando alrededor, lanzando sus gritos.

No se sabe cómo, no se sabe nada, no se comprende nada en ella, comprende un poco, casi nada, es incomprensible, pero lo necesita, vale más que comprenda un poco, casi nada, como un perro al que se le echan siempre las mismas basuras, las mismas órdenes, las mismas amenazas, las mismas lagoterías. ¿Qué hacer con él? Su fuerza, su única fuerza consiste en no comprender nada, en no poder prestar atención, en no comprender qué quieren, en no saber que están allí, en no sentir nada, ah, pero cuidado, él siente, sufre, el ruido le hace sufrir, y lo sabe, sabe que es una voz, y comprende algunas expresiones, algunas entonaciones, todo eso es malo, malo, aunque no tanto, son ellos quienes lo dicen, pero no saben nada, lo dicen porque lo desean, quizás él no sepa nada, quizá no sufre por nada.

Esto avanza, esto avanza. En cuanto espectáculo, parece flojo. Pero puede saberse, sin estar, sin vivir, ellos llaman a eso vivir, la chispa está, para ellos, no tiene más que brotar, con sólo predicar encima, acabará en antorcha viva, alaridos comprendidos. Entonces podrán callarse, sin tener que temerle a un silencio molesto, de muerte según se dice, por donde pasan los ángeles, una verdadera tortura.

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De forma circular

Pisoteando los desfigurados restos míos, durante jornadas enteras, de mi largo viaje y desde donde partí para el siguiente.

Veamos ahora cómo ocurrieron las cosas en realidad. Pues nada me decía hallarme en un terreno tan poco sólido, justamente en el momento en que necesitaba, para mis últimas convulsiones, un suelo firme y sin irregularidades.

Ahora soy yo el que debo hablar, aunque sea con su lenguaje, será un comienzo, un paso hacia el silencio, hacia el final de la locura, la de tener que hablar y no poder, salvo de cosas que no me conciernen, que no cuentan, en las que no creo, de las que ellos me atiborraron para impedirme decir quién soy, dónde estoy, para impedirme hacer lo que tengo que hacer del único modo en que puedo ponerle fin, de hacer lo que tengo que hacer. Ellos no deben amarme.

Empezaré diciendo lo que no soy, que es como me enseñaron a proceder, y a continuación lo que soy, cosa iniciada ya y que no tengo más que proseguir desde donde me dejé asustar. No soy, así de simple. Que ellos existan como se obstinan en querer que yo haga, es posible, no tengo por qué saberlo, carezco de opinión, si hubieran sabido enseñarme a desear desearía que sí. Para hastiarme un poco más. Voy a recitarla. Entre tanto veré la continuación que ha de dársele a mi propio asunto, reemprendiéndolo desde donde tuvo que interrumpirlo, a la fuerza, por temor, por falta de habilidad. Será la última vez.

Cuando llego a la orilla, me vuelvo, hacia el interior. Mi camino no es una espiral, también en esto me engañé, sino giros irregulares, unas veces bruscos y breves, como valseando, otras de una amplitud de parábola, abarcando turbas enteras, y otras entre las dos, en alguna parte, y orientados invariablemente no importa cómo, según el pánico del momento.

El hecho es que no molesto a nadie, como no sea a esa categoría de personas hipersensibles que ven ocasiones de escándalo y de indignación en todas partes. Pero el riesgo es mínimo.

Creo captar en ciertos momentos el matiz diferencial entre lo malo y lo que es menos malo. Y si en realidad se me escapa el alcance de los términos de ayer y de hoy, esto le resta muy poco al placer que siento de asimilar lo principal.

Y hoy, si aún sigo pudiendo abrir y cerrar los ojos, ya no me es posible, por culpa de mi carácter inquieto, meter y sacar la cabeza, como en los buenos tiempos de antes.

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Estoy bien aquí, estaré bien, si ellos quieren dejarme, que vengan a buscarme, si me quieren coger, no hallarán nada, podrán irse, con la conciencia tranquila.

Un sueño interminable, se trata sólo de dormir. No seré acaso el último, con el que el tiempo se entiende, he aquí preguntas con tal que no haya nadie a quien no se le ocurra contestarlas.

Oíd, oíd, yo era como ellos, antes de ser como soy, yo también, cansado de defender una causa incomprensible.

Temen que no me defienda, quieren capturarme vivo, así habré vivido, ellos me creen vivo, un ahora que es irrevocable, ya no hay nada, nunca hubo nada que sacar de esas historias, yo tengo la mía, que ellos me la digan, verán que tampoco hay nada que sacar de ella, verán que tampoco hay nada en mí, se habrá acabado, ese infierno de historias.

Algunas migajas de entendimiento, verán qué es eso, verán qué es eso, que no resulta cómodo, que tiene un gusto especial, que no es para todo el mundo, que hay que nacer vivo, que no es algo que se adquiere, lo que acaso les enseñe a dejarme en paz.

Me dijeron que era querido, que me era querido, que yo le era querido, que nos éramos queridos, bienvenido sea, ellos se nos juntarán, decididamente todo es querido esta noche, no importa, los otros no oyen nada, el último es el que recibe, mi desaparecido, el que está junto a mí, para él se acabó, al lado nada, debajo de mí, estamos apilados, no, esto tampoco marcha, no importa, es un detalle, para él se acabó, para él, el penúltimo, para mí también se habrá acabado, para mí, el último, ya no oiré nada, no tengo nada que hacer, sólo esperar.

¿Cómo se arregla todo?, la paciencia lo consigue, el tiempo que pasa, la tierra que gira es la que lo consigue, que el tiempo no pase más, que el sufrimiento cese, no hay más que esperar, sin hacer nada.

Qué queréis que sepa de estas cosas, qué queréis que comprenda en lo que dicen, no me moveré nunca, no comprenderé nunca, no hablaré nunca, ellos no se callarán nunca, no se irán nunca, no me tendrán nunca, no renunciarán nunca a tenerme, un punto es todo, escucho.

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El espectáculo, se espera que el espectáculo empiece, el espectáculo gratuito, o quizá sea obligatorio, un espectáculo obligatorio, se espera que eso empiece, el espectáculo obligatorio, es largo, se oye una voz, tal vez sea un recitado, ése es el espectáculo, alguien que recita, fragmentos escogidos, ensayados, seguros, una matinal poética, o improvisa, apenas se le oye, eso es el espectáculo, no se puede marchar, se tiene miedo de marcharse, por otra parte acaso sea peor.

En el atornillamiento de la espera, que se espera a solas, ése es el espectáculo, esperar solo, en el aire inquieto, a que eso empiece, a que algo empiece, a que haya otra cosa que uno mismo, a que uno se pueda ir, a ya no tener miedo, uno se habla, quizá se está ciego, sin duda se está sordo, el espectáculo terminó, todo ha concluido, pero, ¿dónde está, pues, la mano, la mano amiga, o simplemente piadosa, o que ha pagado por esto?

Ése es el espectáculo, no cuesta nada, esperar solo, ciego, sordo, no se sabe dónde, no se sabe qué, que una mano llegue, a sacarnos de ahí, a conducirnos afuera, donde acaso sea peor.

Por lo demás, su actitud respecto a mí no ha cambiado, me equivoqué, ellos se equivocaron, me equivocaron, quisieron equivocarme al decirme que su actitud hacia mí había cambiado, pero no me equivocaron, no comprendí lo que querían hacer, lo que querían hacerme, digo lo que me dijeron que dijera, un punto es todo, y aun así, no sé, no me noto la boca, no noto que las palabras se me atropellen en la boca, y cuando se dice un poema que nos gusta, cuando nos gusta la poesía, en el metro, o en la cama, para uno mismo, las palabras están allí, en algún sitio, sin hacer el menor ruido, tampoco noto eso, las palabras que caen, no se sabe dónde, no se sabe de dónde, gotas de silencio a través del silencio, no lo noto, no me noto la oreja.

Os diré quién soy, ellos me dirán quién soy, no comprenderé, pero se habrá dicho, ellos habrán dicho quien soy, y yo lo habré oído, sin oreja lo habré oído, y lo habré dicho, sin boca lo habré dicho, lo habré oído fuera de mí, después, al momento, en mí, quizás es eso lo que noto, que hay un fuera y un dentro y yo en medio, quizás es eso lo que soy, lo que divide el mundo en dos, de una parte el fuera, de otra el dentro, quizá sea una separación delgada como una hojilla, no estoy ni de un lado ni del otro, estoy en medio, soy el tabique, tengo dos caras pero no grosor, tal vez sea eso lo que noto, me noto el que vibra, soy el tímpano, de un lado está el cráneo, del otro el mundo, no soy ni el uno ni el otro, no es a mí a quien se habla, no es en mí en quien se piensa, no, no es eso, nada noto de todo eso, intentad otra cosa.

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ECHO’S BONES

EL BUITRE.

Arrastrando su hambre por el cielo

de mi boca vaina de cielo y tierra

·

bajando a los postrados que pronto deberán

coger su vida e irse caminando

·

burlado por tejido que puede no servir

hasta que sean carroña la tierra el hambre el cielo

·

·

THE VULTURE

dragging his hunger though the sky

of my skull shell of sky and earth

·

stooping to the prone who must

soon take up their life and walk

·

mocked by a tissue that may not serve

till hunger earth and sky be offal

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El innombrable

La utilización del absurdo existencial se convierte para Beckett —al igual que ocurriera con Camus— en un ingenio metafísico que servirá para explorar la existencia, adoptando diversas formas. La «realidad» de una novela de Beckett es un sueño exagerado, una dilatada pesadilla que abarca pasado y futuro, una manifestación fluida de algo aparentemente preconsciente.

Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante. Puede que un día, venga el primer paso, simplemente haya permanecido, donde, en vez de salir, según una vieja costumbre, pasar días y noches lo más lejos posible de casa, lo que no era lejos. Esto pudo empezar así. No me haré más preguntas. Se cree sólo descansar, para actuar mejor después, o sin prejuicio, y he aquí que en muy poco tiempo se encuentra uno en la imposibilidad de volver a hacer nada. Poco importa cómo se produjo eso. Eso, decir eso, sin saber qué. Quizá lo único que hice fue confirmar un viejo estado de cosas. Pero no hice nada. Parece que hablo, y no soy yo, que hablo de mí, y no es de mí. Estas pocas generalizaciones para empezar. ¿Cómo hacer, cómo voy a hacer, qué debo hacer, en la situación en que me hallo, cómo proceder? Por pura aporía o bien por afirmaciones y negaciones invalidadas al propio tiempo, o antes o después. Esto de un modo general. Debe de haber otros aspectos. Si no, sería para desesperar de todo. Pero es para desesperar de todo. Notar, antes de ir más lejos, de pasar adelante, que digo aporía sin saber lo que quiere decir. ¿Se puede ser eféctico si no es queriendo? Lo ignoro. Los síes y los noes, eso es otra cosa, se me volverán a presentar a medida que avance, y el modo de ciscarse encima, antes o después, como un pájaro, sin olvidarse de uno solo. Se dice eso. El hecho parece ser, si en la situación en que me encuentro se puede hablar de hechos, no sólo que voy a tener que hablar de cosas de las que no puedo hablar, sino también lo que aún es más interesante, que yo, lo que aún es más interesante, que yo, ya no sé, lo que no importa. Sin embargo, estoy obligado a hablar. No me callaré nunca. Nunca.

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“Eso proviene de la punta de tu lengua”

¡La montaña ataviada con flores de cerezo!.

El alma cambia sin cesar.

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“Hoy y mañana”.

“El pelo de una tortuga de una pulgada de largo, pesa siete libras”.

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EL HAIKU LIBRE:

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Las lámparas de la costa

en el lago del dormir

durante toda la noche.

·

¿Qué no hay en la página de mí?

Todo es humo vacío que se eleva

doblemente vacío de sí mismo.

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La flor suicida de la vida cae al suelo igual que la que cree en Dios.

·

La amargura como única sed.

El amor impuro de la sílabas.

Y la mano acechando la página.

·

Tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.

Erección del labio sobre la página.

·

Alguien que no ha existido me dijo tu nombre,

eras tú mismo hablando en esdrújulas:

“La religión es una situación de un mundo sin espíritu,

es el espíritu de una situación sin espíritu”.

Todo ello vence un silencio más hondo.

·

En el obscuro jardín del manicomio

los locos maldicen a los hombres.

¿Qué saben los locos que no saben los cuerdos?

·

Doy de bastonazos a un hombre que no existe

Todos estamos atados, y no tiene nada de virtuoso.

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Y el dolor sin dolor como una sombra plana.

¿Qué importa que el infierno es lo único que haya conocido?

Cuesta la vida al ojo humano el reino de los ángeles.

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El sonido de las palabras ya no me produce terror, pero si dolor

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Ir a la deriva.

Herida de mostaza sobre la salchicha abierta en canal.

Zozobrar.

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© Copyright Sergio Pita Freire.

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